miércoles, 13 de febrero de 2008

lunes, 11 de febrero de 2008

LA MAGIA DE LA RADIO

Siempre había escuchado en boca de locutores clásicos hablar de "la magia de la radio". Lo que jamás me imaginé fue como yo descubriría el verdadero sentido de la frase.
Todo comenzó en la facultad de Comunicación Social cuando conocí a Emiliano Bebilaqua, un muchacho procedente de Elortondo con quien hice buenas migas al hallar sorprendentemente muchas actitudes y puntos en común, no sólo desde el punto de vista de los preferencias sino también en las actitudes y hasta gestos que en determinadas circunstancias llegaron a horrorizarme e indagar en mi árbol genealógico en busca de un eslabón perdido.
Con Bebilaqua durante un prolongado tiempo de mi vida me unió un lazo que era inmune a sufrir cortes a pesar de la escasa frecuencia con la que compartíamos alguna actividad, la relación de amistad estaba clara ante todo ,a pesar de los baches cronológicos en los que no nos enterábamos que hacía cada uno. Podían pasar meses, hasta años, pero al encontrarnos todo parecía estar como lo habíamos dejado. Como si ayer nomás nos hubiéramos visto.
Desde que lo conocí estuvo en la radio, como ladero del “pato” Galletti. Armaba parte de la artística del programa y hacía entrevistas. Ocasionalmente salía al aire desde el estudio. Confieso que por distintas razones eran muy escasas las veces en las que oía el programa, por lo que sumado a que su participación era poca la posibilidad de que el canal locutor-oyente se de entre nosotros era harto difícil.
Y una de las pocas veces que se dio, fue el principio de las situaciones mágicas.
Galletti dijo: “venga Bebilaqua, venga, usted que está en el tema del punk rock, usted que fue a ver Attaque 77 al anfiteatro, venga. Cuente como fue ese recital”. Y para mi alegría - admito que una de mis características pelotudas es exacerbar la alegría ajena y tomarla como si fuera propia, aunque pensándolo a la distancia esto tal vez tenga que ver con lo de la personalidad dual que les comenté anteriormente- escuché por primera vez a Emiliano hablar. También, convengamos que está bueno ver a un conocido o escucharlo en algún medio.
Ese día Galletti le dijo que “no entendía como puede hablar por la radio con un chicle en la boca” y le preguntó irónicamente si “eso era lo que enseñaban en Comunicación”.
Emiliano se rió y después le robó un poco de espacio al conductor.
“Guille, ¿me estas escuchando?” –dijo y se hizo un silencio.
Yo dejé de apretar el teclado, saqué la vista del monitor y miré el equipo de audio.
Nuevamente preguntó:
-Guille, ¿me estas escuchando?.
- No te da bola –acotó Galetti.
Yo no entendía nada, no sabía si me hablaba a mi.
- Dale boludo que termina mi bloque, ¿me oís?.
No sé porque causa se me ocurrió responderle al equipo de audio, mirando el tablero digital en el que aparecía en verde la sintonía de la fm 105.5.
- Qué pasa Emi –dije risueñamente asombrado.
- Nada boludo, estoy acá con “el pato”. ¿Tenés los apuntes de semiología vos?
- No, no.. –dije confundido.
“Bueno, Bebilaqua, tómesela. Seguimos en la tarde de la red TL, hasta las dieciséis”, dijo el Pato Galetti.
Me quedé pensando, eso no podía ser real.

A los pocos meses, me lo volví a encontrar en la facultad. Nosotros no cursábamos materias juntos ya que él estaba un año adelantado y además asistíamos muy poco a clase, por lo que era infrecuente que nos cruzáramos. Esa tarde-noche ni bien lo vi a través del vidrio del bar se rió como siempre y se acercó a la mesa.
- Ya conseguí los apuntes – me dijo acomodándose la gorra. La remera colorinche que tenía de Cadena Perpetua me encandilaba.
Me reí, como desacreditando cualquier posibilidad de que nuestro último diálogo haya sido real. El hizo lo propio y acotó “es la magia de la radio”. Me dejé de reír. Jamás iba a poder comprobar si aquel suceso fue real o fue un juego azaroso que le había salido de maravillas.

Desde que dejé la facultad hasta que volví a verlo pasaron sin exagerar, al menos, tres años. Fue luego de que me llamó por teléfono para decirme que empezábamos un programa en la radio, en el cual me quería de co-conductor. Acepté sin dudarlo, porque si bien yo había tenido una experiencia en otro programa con amigos, nunca había estado en un emisora de primera línea. Siempre estaba en el dial cerca de alguna evangelista o de cumbia que interfería. Y la verdad, seamos sinceros, creo que iba más gente al estudio de la que nos escuchaba en la casa. Es que el espectáculo estaba en vernos me parece. Algo bastante paradójico si consideramos que salíamos por radio.

Me citó directamente ese mismo sábado para largar con “Socialmente Incorrectos”, un programa que pasaba básicamente punk rock y en el que interactuábamos haciéndonos los bananas. Eramos los típicos piolas de la radio, y la verdad es que el programa salía muy bien. Emiliano ponía música conducía y además atendía el teléfono.
Estábamos en dos cabinas separadas y él iba llevando el programa hasta que aparecían mis despiadadas acotaciones.
La segunda gran sorpresa me la llevé ahí, un día que me dijo: “¿ Y usted que opina Morales de esta banda, “los chupacabras”?.
Levanté la vista porque estaba atento a unos apuntes y miré a su cabina para responderle, pero no estaba... Para no dejar el silencio de radio dije lo primero que se me ocurrió y él retrucó con su voz de locutor y mandó un tema.
“Me está jodiendo”, dije en voz alta y salí de la cabina a los tumbos, abriendo la puerta para ver desde dónde hablaba.
- No doy más, tenía un hambre –dijo luego de darle un tremendo mordiscón a un sándwich de milanesa con lechuga y tomate y de mandarse un trago de Pepsi.
- ¿Cómo hiciste para hablar recién? –pregunté bajo el total de los asombros.
- “Es la magia de la radio”- me respondió limpiándose la comisura del labio con un trapo sucio.

Con “Socialmente Incorrectos” descubrí parte de la magia que tanto se habla, aunque jamás pude descubrir el truco. Al programa hemos llevado, en realidad él llevaba, un mimo que hacía una rutina de veinte minutos. Esos fueron los picos de audiencia del programa. Las vías de comunicación estaban saturadas.
Hasta los bloques con el mimo yo estaba medianamente sorprendido, pero lo que comenzó a inquietarme y a descartar cualquier probable situación producto del azar o del descuido fue cuando lo conocí al pato Galetti.
Ese sábado llegué sobre la hora, como de costumbre y Emiliano ya estaba con los audífonos puesto a punto de salir al aire. “Pasá”, me dijo con gestos.
Apurado entré a la cabina y luego de dejar unos papeles, acomodar las latitas de cervezas y disponerme a abrir el messenger, me asusté con un graznido que no estaba en los planes. La primer reacción fue la de ponerme de pie y tocarle el vidrio.
“¿Qué es esto?”,le dije modulando y juntando los dedos de la mano con la clásica expresión, señalando el pato blanco que caminaba por la mesa.
“Vamos, vamos”, respondió con una mano hacia arriba aleteando y con la otra bajando una perilla de la consola para decir:
- Comenzamos otra edición más de Socialmente Incorrectos, quien les habla, Emiliano Bebilaqua hace este programa junto a Guillermo Morales, buenas noches Guille...¿cómo va?..
- Bien, bien Emiliano, en vísperas de un programa avícola, supongo –acoté con mi habitual humor.
- Hoy tenemos de invitado de honor al señor Pato Galetti, buenas noches Pato, ¿cómo estas?.
- Qué tal Emiliano, contento de estar acá en tu propio programa, la verdad que te mereces este espacio propio porque hace mucho que la venís peleando en la TL.
Les juro que aquel ave arrimó su pico y empezó a hablar con el mismo tono que yo escuché durante más de diez años de mi vida al Pato Galetti en las tardes del programa Argento.
Esto era demasiado. ¿Una grabación adentro del animal?. ¿Un muñeco de esos chinos que hacen de todo?, lo que fuere me parecía excesivo, shockeante y digno de una explicación concisa.
Cuando el pato se quedó en silencio y defecó el monitor, salí disparado a la cabina de Emiliano, y luego de sacarle los audífonos a la fuerza le pregunté de que se trataba eso.
“Es la magia de la radio”, volvió a decirme.
Ese programa lo hice hasta el final por una cuestión de cortesía y de no dejar en banda a un amigo aunque se notó al aire que yo estaba enojado con él. Me sentía entre ofendido y asombrado, encima el pato me hacía chistes al aire que me dejaban pagando.
Cuando terminamos lo saludé sabiendo que no iba a volver más. Creo que él se dio cuenta por eso de la personalidad dual.
No volví a verlo más a Bebilaqua pero si lo volví a escuchar. Pasaron dos años y me mandó un mail contándome que empezaba Perro de Playa, en el horario que le había dejado el pato Galletti.
Al principio no lo escuché porque todavía sentía que él estaba en deuda conmigo, pero la curiosidad pudo más e inevitablemente el mes pasado volví a sintonizar la ciento cinco punto cinco.
Emiliano estaba locuaz como siempre, rápido y verborrágico y su coequiper era un tal “calamar”. Si bien la relación mejoró un poco –cada tanto participo llamando o a través del msn- no pienso aceptar la invitación de ir algún día a su programa para tomar una gaseosa y saludarlos.

Guillermo Morales.

SAI BABA