lunes, 17 de enero de 2011

jueves, 13 de enero de 2011

MEDIO

El bolubanda medio festeja la despedida de soltero en el carnaval de Gualeguaychú.

Corolario: Es de miserable a este festejo agregarle remeras alusivas a la ocasión.

miércoles, 12 de enero de 2011

AÑO NUEVO

"...¿caro el cambio en relación a Inglaterra? Caro es acá que el otro día me pedí una cerveza en un bar y me la cobraron $30 con vaso de plástico.., allá te tomás una pinta y te sale 3 pounds y al lado tuyo está tocando la próxima mejor banda del mundo"



" y ni hablar de la sociedad en si que no vive para cambiar el auto o sacar un crédito"


Federico N.

SOBRE SOLEDAD




Qué vas a hacer soledad?
La casa está en ruinas y el agua al lavar sale sucia y
moja el piso, luces quemadas
y sobre la mesa, chorreado el mantel de manchas que al
verlas susurran frases sin sentido al oído.

Del lado golpeado nadie quiere morder,
la fruta ahora amarga fue dulce una vez pero nadie la
muerde.

Mirada fija sin mirar,
otra mentira sin parpadear sale de mis ojos secos de
ver todo.
lleno de agujeros y borrachos, de suelas gastadas y
desatados, mis zapatos se dan por vencidos.

Del lado golpeado nadie quiere morder,
la fruta ahora amarga fue dulce una vez pero nadie la
muerde.

Quedarme lo intento,
se que a lo mejor de tan lejos estas cerca…

Semillas a tierra caen y esperan…

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“…Soledad olía irremisiblemente a perro…confiaba en
su dominio de los animales y fue de las primeras en
llevarlos sueltos, sin correas…” “Hacia las 8, Soledad y su jauría
llegaban a la plaza Las Heras…”

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Amor a la vida, a la libertad, a la anarquía, que es la suma de ambas, o mejor dicho su éxtasis, su plenitud. La suya fué una historia de amor y de anarquía y, también la historia de cómo un Estado se inventa sus peores enemigos.
La historia de María Soledad Rosas, Edoardo Massaro y los arrestos a anarquistas en Italia empieza, el 17 de septiembre de 1996: 300 carabinieri (la policía italiana) comenzaron un largo raid para encarcelar a casi todos los libertarios del país. Pretendían asociar a los anarquistas y a los okupas con una organización ecoterrorista llamada Lobos Grises y que, según los okupas de Turín, ni siquiera existe.
El caso fue promocionado por los medios como el “suicidio de una líder anarquista”, ignorando así que el anarquismo rechaza los líderes, porque esa es su razón de ser, combatir toda jerarquía, toda autoridad.
En junio de 1996 Soledad Rosas salía de Argentina rumbo a Europa con el bagaje de su titulo de licenciada en Turismo. Llega a Italia, donde conoce a Edoardo Massaro, “Baleno”, se enamoraron y juntos se instalaron como okupas en una casa abandonada.
Ahí vivió Soledad hasta el 6 de marzo, cuando dos cuerpos especiales de carabinieri irrumpieron buscando a Edoardo y Silvano Pelliseri, un amigo. Los arrestaron acusándolos de atentar contra un tren.
Soledad ni siquiera estaba en Italia en el momento del atentado y no parece haber pruebas concluyentes de que Silvano y Edoardo pertenecieran a un grupo armado. Según los okupas, se trataba de buscar un chivo expiatorio después de dos años de investigaciones infructuosas.
La noche del 29 de marzo, Baleno se suicidó en la cárcel. Después del suicidio de Baleno, a Soledad se le concedió el arresto domiciliario en la comunidad terapéutica Bajo Los Puentes de Piamonte. La noche entre el 10 y el 11 de julio Soledad se suicidó, ahorcándose con una sábana.
Cuando las cenizas de María Soledad salieron de Italia, miles de manifestantes se acercaron al aeropuerto y allí hicieron 42 minutos de silencio. Sus restos fueron considerados por el Estado italiano como de “alto riesgo”.
¿Qué sucedió en realidad? El espíritu contestatario no convoca a la técnica judicial para establecer las pruebas y los detalles. Sabe que el aparato del Estado, los dueños de las cosas y de las personas, y las leyes al servicio de todos ellos son inapelables de cualquier manera. Y la protesta se dirigía precisamente contra todos ellos, de modo que, producidas las consecuencias, sólo cabe recordar la fuente del mal, y no pedir justicia a quien la contradice en su esencia. La protesta se dirigía contra la imposibilidad de hablar en una sociedad que no hace otra cosa que hablar sin decir nada. Se dirigía contra las imposiciones de la técnica, frente a las cuales se presume imposible otra cosa que aguardar suplicantes como esclavos cada nuevo obsequio.
LA CARTA
Apenas conoció la noticia de la muerte de su compañero Eduardo, Soledad escribió esta:
Compañeros y compañeras: La rabia me domina en este momento. Siempre he pensado que cada uno es responsable por sus actos, pero esta vez hay culpables y los quiero mencionar en voz alta, son aquellos que mataron a Edo: el Estado, los jueces, los abogados, la prensa, la policía, las leyes, las reglas y toda la sociedad de esclavos que acepta este sistema.
Siempre luchamos contra esta dominación y es por ello que hemos terminado en la cárcel. La cárcel es un lugar de tortura física y psíquica, aquí no se dispone de absolutamente nada, qué comer, ni con quién hablar, ni con quién encontrarse, ni a qué hora ver el sol. Para todo hace falta hacer una “solicitud”, hasta para leer un libro. Ruido de llaves y cerraduras que se abren y se cierran, voces que no dicen nada, voces cuyo eco se escuchan en los pasillos fríos, zapatos de goma que no hacen ruido y una linterna que en los momentos menos pensados está ahí para controlar tu sueño, correo controlado, la palabra prohibida.
Así es como te matan día a día, despacio pero seguro para hacerte sentir más dolor. Por eso Edo ha decidido terminar abruptamente con este dolor infernal. Al menos él se permitió tener un último gesto de mínima libertad, de decidir él mismo cuándo terminar con esta tortura.
Entre tanto, me castigan a mí y me ponen en incomunicación. Ellos tienen miedo de que yo me suicide. El mío es un aislamiento cautelar, lo hacen para “salvaguardarme”, y así no tener que asumir la responsabilidad si yo decidiera también ponerle fin a esta tortura.
Después de lo que pasó, los políticos del partido verde que vinieron para darme su pésame y para tranquilizarme no se les ocurrió nada mejor que decirme que “ahora seguramente todo se va a resolver más rápido, ahora todos van a seguir con más atención el proceso y pronto te darán arresto domiciliario”.Después de este discurso me quedé sin palabras, estaba sorprendida, pero pude preguntarles si se necesita de la muerte de una persona para conmover a un pedazo de mierda, en este caso el juez.
Voy a buscar la fuerza de alguna parte, no sé de dónde, sinceramente ya no tengo ganas pero tengo que seguir, lo hago por mi dignidad y en nombre de Edo. Protesto, protesto con mucha rabia y mucho dolor.
Sole P.D.: Si el hecho de encarcelar a una persona es un castigo, entonces a mi ya me castigaron con el asesinato de Edo. Hoy empecé la huelga de hambre. Quiero mi libertad y la destrucción de toda esta institución carcelaria. La condena la voy a pagar todos los días de mi vida.

LA OTRA CARA DEL VERANO

..."y cuando hace calor la chapa se calienta y los negros salen de las villas".

(oído al pasar)

miércoles, 5 de enero de 2011

Jorge, el de la casa de computación.

Carlitos pasaba todas las tardes cuando los últimos rayos de sol brillaban y las persianas de los negocios se iban bajando. En bicicleta o caminando unía la avenida San Martín pidiendo monedas.
Jorge cerraba su negocio de computadoras a eso de las siete, algunas veces más temprano, en otras ocasiones más tarde. Era muy común que se quedara dentro del local con trabajo pendiente o simplemente pasando el tiempo en Internet, derrochando minutos que se hacían horas en páginas y redes sociales.
La primera vez que lo vio a Carlitos fue un día de invierno el cual se quedó hasta muy tarde en su negocio, con la noche encima, y él tocó la persiana que cubría el ventanal.
Jorge, que estaba atrás de todo, atrincherado tras una pared de durlock que oficiaba de separador entre el taller y el mostrador en el cual se atendía a los clientes, espió por una diminuta ventana polarizada desde la cual no lo podían ver.
Al notar la presencia de Carlitos se asustó a pesar de que se trataba de una persona que no llegaba a los trece años de edad.
La oscuridad, la falta de movimiento, la gorra que llevaba el niño y la pigmentación de su piel ayudaron a fabular en su psiquis un cuadro de miedo trazado por una red de informaciones que se iban tejiendo en su disco rígido mental.
Todas ellas provenían de distintos lugares como la televisión, la radio, los diarios, conversaciones y experiencias personales que lo tuvieron como protagonista o actor secundario en asaltos.
Jorge abrió una de las puertas y, persiana de enrollar por medio, preguntó, sacando valor desde su interior, envalentonándose y forzando la voz como si se tratase de una circunstancia doméstica para él: ¿Si?.
- ¿No tiene una moneda para ayudarme?, no tengo nada que llevarle de comer a mi hermanita.. – respondió preguntando Carlitos.
Jorge metió su mano derecha en el bolsillo de su jean y sacó un billete de dos pesos.
Carlitos se lo agradeció y se marchó.
Desde el negocio y acomodando sus lentes, se quedó mirando su moto, que estaba con la cadena puesta en la vereda, cerca de la bicisenda y luego regresó a la faena de cables, plaquetas, monitores e impresoras.

Con el tiempo esta situación se hizo crónica.
El muchacho pasaba diariamente a buscar su limosna y el trabajador le daba un magro billete o una moneda.
Carlitos cada tanto le sacaba un tema. “Hace frío, don” o “hace calor”.
Un día comentó que era su cumpleaños, fue cuando recibió veinte pesos porque el socio que trabajaba por la mañana se había quedado más de la cuenta y sumó otro billete de diez al que Jorge le dispensaba.
Carlitos ese día vestía mejor que nunca, joggings, zapatillas y remera, todo reluciente es que “le habían hecho un regalo”.
El año transcurría y el “señooooorr” se oía siempre por las tardes cuando Carlitos aparecía y no divisaba a Jorge a través del vidrio. Este siempre lo atendía y le daba lo que ya empezaba a considerar un impuesto.
A veces se escondía, otras le hacía señas para que espere porque estaba ocupado y Carlitos hacía guardia durante diez, veinte minutos hasta que Jorge le arrimaba unas monedas.
El humor del trabajador y su paciencia iban mutando, muchas veces no lo saludaba y sólo se limitaba a acercarle algo a través de la persiana.
El muchacho, perspicaz, aguardaba con la gorra puesta.
Algunos días le hacía señas que no tenía nada y Carlitos se retiraba. Otras tantas se quedaba y se ponía llorar.
Si Jorge se acercaba oía la explicación referente a que “no tenía nada para llevar a su casa y que no iban a poder comer esa noche”.

Jorge comentó a su familia lo que le ocurría con este muchacho, “que lo tenía alquilado”
y que sabía que “hacía toda la avenida San Martín de punta a punta, ida y vuelta, mangueando”.
“Ponele un freno” – le dijeron.
Y Jorge comenzó a dudar. Es que la bondad a la fuerza no existe. La bondad es natural, tanto como el desgaste, lo complicado es, a veces, saber cuando las cosas tienen que terminar.
Además, realmente, le descompensaba el trabajo o su descanso final en Internet.
La vocecita “señooor” y el saber que debía levantarse para ir hasta la puerta para alcanzarle Su plata era una acción que había rebasado su bienestar espiritual. Precisaba resetear todo, volver a programarse para que el hecho solidario, que alguna vez llevó a cabo de buena fe, dejase de ser un mero acto automático donde el desgano era el eje.

Iba al baño y oía “señooor”.
Navegaba en internet y oía “señooor”.
Atendía un cliente y escuchaba “señoooor”.
Hablaba por teléfono, tocaban su puerta y se despachaban con un “señooor”.
Y ahí estaba Carlitos, gorra puesta, de a pie o en bicicleta. Con luna o sol. Con clima seco o con lluvia.
Carlitos, el manguero, el pobre niño infeliz que le sacaba plata.
El muchacho que a todos le pedía y de limosna vivía.

Y Jorge, un día, se cansó. No le importó la hora, el día, la oscuridad ni nada y
le hizo señas, desde adentro, para que lo esperara.
Cerró las sesiones de las máquinas.
Contó la plata que dejaba en caja.
Buscó su maletín y los candados.
Testeó llevar la billetera, las llaves del negocio, las del candado del negocio, las de la cadena de su moto, las del encendido de su moto y las llaves del portón y la entrada a su casa.
Antes de salir activó la alarma y luego de esta acción se encontró colocando la puerta en la reja-persiana de enrollar ante la inmutes de Carlitos.
Luego de esto sacó de su bolsillo izquierdo una moneda de cincuenta centavos y la extendió para que el muchacho la reciba.
Pero el niño no conforme con lo que le daba Jorge comenzó a llorar y a suplicarle que al menos le de un peso porque “esa noche su hermanita no iba a tener que comer”.
“Otra vez la actuación del llanto” – pensó Jorge.
- No tengo nada más Carlitos – le dijo.
Y era verdad. Era la única moneda que le quedaba.
Es cierto que tenía un billete de dos pesos en su billetera, es cierto que tenía otro de diez, otro de veinte y el más grande de cincuenta.
Pero también es cierto que no estaba en sus planes darle ninguno de ellos.

Carlitos lloró más e insistió y sobre él cayó un baldazo de intolerancia.
-¡Basta!,¡Basta!, ya te debo haber dado cien pesos si sumamos todas las veces que viniste…qué pases una vez, bueno, pero…¡todos los días!..

Jorge le tiró toda su impaciencia en la cara al joven muchacho y llevó la bolsa de basura con los restos del día al container de la estación de servicio.
Cuando volvía a buscar su moto lo cruzó a Carlitos llorando frente a un conductor de un auto que esperaba para cargar nafta.

¿Y si era verdad?.
¿Y si el pibe realmente necesitaba esas monedas para comer?.
¿Y si es mentira eso de que lo hacía porque era lo más fácil, pedir?.
¿Y si todos esos días en los que Carlitos pasó no fue una prueba del destino, de Dios que lo estaba evaluando?.

La conciencia ahora le daba vueltas como un lavarropas mientras manejaba hacia a su casa.
“¿Habré obrado mal?”, “tampoco me tenía que seguir dejando pasar así”, pensaba Jorge entre autos, semáforos, colectivos amarillos, baches y mujeres.

“Será cuestión de ver que pasa al final del viaje” se dijo así mismo, más tarde y luego de cenar, ya en su habitación, entre dormitando y viendo un dvd que había alquilado de una serie yanqui.

Muy lejos de la casa de Jorge, en un rancho precario, del corazón de barrio Las Flores, Carlitos le contaba a sus hermanos lo que le había pasado y entre el altísimo decibel de la cumbia, el vino y las pastillas ellos le oían atentamente.
No podían dejar de interesarse en el dato de que en la casa de computación manejaban efectivo o el dato sobre la hora de cierre o que el dueño andaba en moto.

Será cuestión de que Jorge no se amotine, o de que los hermanos de Carlitos no caigan muy zarpados, o que Jorge no haga ninguna gilada.
Tal vez sea cuestión de que el tiro no salga, o por ahí el caño está doblado y no hay puntería que valga, quien sabe la suerte que tendrá Jorge, el de la casa de computación.

G.M.